Ensayo · Cambio y zombietud
Empresas tranquilas, personas ansiosas
De los neandertales a los zombies de oficina: por qué las organizaciones viven cada vez menos mientras las personas vivimos cada vez más ansiosas.
Una fresca noche del mes de noviembre en algún lugar que luego sería conocido como "la cuna de la civilización", unos neandertales terminaban de comer el mamut que habían capturado —solo quedaba un muslo— y, felices y satisfechos, se disponían a cantar. Era una forma de reforzar el sentimiento de comunidad. Además, les daba paz y bienestar el eco que venía de lo profundo de la cueva.
Pero esa fresca noche del mes de noviembre lo que vino del fondo de la cueva fue, primero, un leve golpeteo que, como una curva exponencial, se aceleró hasta que sintieron como si se cayera el mundo. Segundos después, el alegre grupo, que había quedado mudo, miraba atónito lo que, hasta entonces, había sido su hogar. El mundo —efectivamente— se había caído.
Desesperación, clamores de injusticia divina, culpas echadas por doquier, angustia por haberlo perdido todo, enojos, gritos y llantos. Todo eso, más reclamos a la aseguradora, constructora y Estado hubiera pasado en el siglo XXI. Pero los adultos de este grupo de neandertales, un ejemplo de organización, tomó el delicioso muslo asado y a todos los niños de la mano y caminaron, convencidos y tranquilos, buscando una nueva cueva.
Muchas de las emociones que sentimos no vinieron de fábrica.
¿Es el ser humano el único animal que, frente a un cambio que no puede controlar, se victimiza? Puede ser. Pero este 2020 vino a mostrarnos claramente que no es solo lo que "nos pasa" lo que define nuestro futuro, sino también lo que hacemos con eso que nos pasa.
Frente a cada situación que no controlamos, siempre controlamos nuestra reacción.
Zombies, otra vez
"Con motivo de su inscripción en el Curso de ioioioioioioio nos ponemos en contacto para comunicarle que la Universidad lorem Ipsum, en conjunto con los directores del Programa, ha decidido la postergación indefinida del mismo. Hemos intentado en varias ocasiones comunicarnos por teléfono sin tener éxito."
Daniela estaba indignada cuando recibió este mensaje. Había pagado el curso hacía tiempo, se había pospuesto ya una vez y ahora se cancelaba. Decidió, entonces, reemplazar lo que valoraba del curso con otras opciones: algo online ("en el extranjero"), libros y charlas puntuales.
El "yo estudié" o "yo sé" es reemplazado por el "yo hice" o, mejor aún, "yo me equivoqué". Este año presenté el concepto de zombietud, ese estado en donde una persona u organización está laboralmente muerta pero actúa como si fuera a vivir para siempre. A las personas les decimos "haciendo la plancha", "en piloto automático", "atornillada a la silla" y demás metáforas. Y a las organizaciones, "banco", "escuela", "Estado", "Universidad" y, a veces, "walking dead". Los zombies se comportan como víctimas impotentes —valga la redundancia, con "impotente" doblemente subrayado.
La comodidad de corto plazo que produce victimizarnos no compensa la impotencia que la acompaña.
En un estudio totalmente no científico pedí a cientos de personas que evaluaran su propio grado de zombietud y el de su organización. Los resultados no me sorprendieron: mientras en promedio nos autoevaluamos con un 49,39% de zombietud como personas, creemos que las organizaciones son 72,78% zombies.
En resumen, consideramos a las organizaciones mucho más zombies que a nosotros mismos. La paradoja es evidente: ¿qué son las organizaciones si no conjuntos de "nosotros mismos"? Algo similar sucede con la educación ("Qué mal que está, pero la de mis hijos es muy buena"), y hasta con cómo manejamos ("¡Qué mal que manejan en esta ciudad!", dijo alguien mientras no dejaba cruzar a una persona por la senda peatonal).
Personas necias que acusáis a los demás sin razón, no veis que sois la ocasión de aquello que culpáis.
Empresas con resaca
Fotocopias a escondidas. Viajes por el día a Boston. Guardaespaldas para visitas. Todo eso y más, en Buenos Aires y San Pablo. Era 2003, el año en que tratábamos de vender la empresa. Y, para hacerlo, Santiago y yo le habíamos quitado foco, justamente, a la empresa. Así, dejamos que nuestros reportes tomaran las decisiones.
Al principio fue simple. El jefe no está, pero volverá y sabemos lo que piensa de tal tema. Sin embargo, a las pocas semanas comenzaron a aparecer desafíos nuevos. "El equipo", como entidad, no tenía una misión tan clara ni un liderazgo inequívoco.
Siempre imaginé al equipo como un círculo, con todas las áreas en distintos puntos. Para desarrollarse, tenía que crecer parejo, expandirse; hacerse un círculo más grande. Pero, sin liderazgo claro ni una cultura de perseguir una misión, cada decisión era como un tumor, que se expandía hacia un lado y luego era extirpado. La empresa estuvo, un año, como un borracho yendo y volviendo, haciendo y deshaciendo.
Un equipo sin misión es como una ameba o, mejor dicho, como un zombie.
Cuantas más personas intervengan en la toma de una decisión, más lejos se estará de tomarla. Si no hay un liderazgo claro, las opiniones de pares, por búsqueda de consenso o por votación, se promedian.
¿Qué diferencia entonces a los neandertales de los zombies? Todos tienen el mismo objetivo básico: su supervivencia. Pero los primeros aprovechaban la organización para ello. En cambio, cada persona del siglo XX —llamémoslo zombie para simplificar— tiene sus propios objetivos. Y, cuando se unen en una organización, muy pocas veces entienden que lo hacen por un objetivo mayor.
El corto plazo mata al largo plazo.
Personas ansiosas, empresas tranquilas
Cuando éramos neandertales, vivíamos poco —por lo que queríamos todo ya— y la organización (el grupo) nos ayudaba a sobrevivir. Evolucionamos a homo sapiens (o, como lo venimos llamando, zombies) y, gracias a las organizaciones —por ejemplo universidad, empresa o reino—, vivimos cada vez más. Pero seguimos siendo igual de ansiosos, recorriendo la vida como borrachos.
La disrupción viene con la tecnología: ya los reinos —considerados eternos y divinos antes— desaparecieron junto con algunos países, las empresas duran cada vez menos y las universidades, que asumimos son para siempre, no nos dan tanto valor y nos suspenden los cursos por falta de alumnos.
Vemos todavía a la organización como un refugio del no-cambio, un lugar para estar tranquilos, en vez de buscar nuestra propia tranquilidad y lograr que la organización, como en la caverna, reaccione sin victimizarse.
Las organizaciones viven cada vez menos, las personas cada vez más. Pero nos ponemos cada vez más ansiosos.
Tenemos más tiempo y queremos las cosas ya. ¿Paradojas de la vida, o remanente zombie que debemos corregir?
¿Estábamos mejor cuando éramos neandertales?
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